El mito Roswell

Kratos Habla:

Platillo volante de caucho y aluminio

Una de las características del mercado de lo oculto y lo paranormal, especializado en aprovecharse de ciertas creencias irracionales muy difundidas, es su periódico retorno a los mismos temas, a los “clásicos”, a pesar de haber sido en su momento completamente refutados por investigadores críticos y escépticos.

Aún hoy en día, fraudes como el triángulo de las Bermudas o el de las piedras de Ica (Perú) son divulgados como grandes misterios del siglo XX, a pesar de que no hubo tal triángulo ni más desapariciones que las que pudieron ocurrir en cualquier otro lugar; y a pesar de que los famosos pedruscos peruanos -en los que se observan batallas entre humanos y dinosaurios, amén de otros disparates- eran tallados por los indígenas de la zona para impresionar a los turistas despistados. Roswell es todavía, para los que disfrazan su déficit de juicio crítico de “mente abierta”, un enigma, como si una mentira repetida mil veces se transformase en verdad. En la práctica es así, y hay consumados maestros en tal arte.

Roswell es una ciudad del estado norteamericano de Nuevo México donde, según los creyentes en platillos volantes y en conspiraciones gubernamentales, se habría estrellado una nave interplanetaria a principios de julio de 1947.

Pocas semanas antes, el 24 de junio, la fiebre de los platillos volantes había saltado a la fama en la prensa norteamericana, con la observación de Kenneth Arnold en el estado de Washington, probablemente debida a la observación de ciertos prototipos aeronáuticos, entre otras posibilidades.

Fue un ranchero de la zona, Willian Brazel, quien halló unos extraños restos en el rancho Foster, y quien dio aviso a la Fuerza Aérea. Rápidamente se filtró la posibilidad de lo caído podía tratarse de un platillo volante, expresión que entonces carecía de las connotaciones que actualmente posee.

El comandante Jesse Marcel fue designado para investigar el asunto, junto con dos ayudantes. Por su parte, el General Roger Ramey, que había ordenado que le enviaran los restos a Fort Worth para examinarlos, ofreció una rueda de prensa, con Marcel presente, en la que anunció que los restos pertenecían simplemente a un globo meteorológico.

El jefe del popular proyecto Libro Azul -del que se realizó una serie televisiva emitida en España en los años 70-, el capitán Edward Ruppelt, aseguró en 1953 que no había nada en los restos de Roswell (ni en ningún informe recibido por la Fuerza Aérea) que sugiriera la presencia de algún material u objeto desconocido. Otros organismos, como la CIA en 1952 y un informe de Inteligencia de la Fuerza Aérea de 1948, concluyeron que no hay evidencia alguna que avalara un crash en Roswell.

El asunto fue olvidado durante décadas, hasta que en 1978 algunos investigadores propensos a detectar imaginarias conspiraciones divulgaron la historia, y Roswell, cual zombi, volvió a la vida del rumor y el sensacionalismo. Surgieron “testigos” como setas que se contradecían mutuamente, o que mentían sin más bajo la influencia de escritores especializados en “enigmas”. Se habló entonces de un número no determinado de extraterrestres fallecidos a consecuencia del impacto, trasladados en secreto a las dependencias del Ejército norteamericano.

En realidad, lo que cayó en Roswell no fue otra cosa que los restos de un globo lanzado como parte de un programa secreto bautizado como proyecto Mogul. Tras la cortina de humo del “globo meteorológico” se ocultaba un proyecto top secret con la finalidad de monitorizar posibles detonaciones nucleares soviéticas por medio de micrófonos acústicos de baja frecuencia localizados a gran altitud.

La Universidad de Nueva York desarrolló los globos aerostáticos que permitieran la adecuada colocación de los micrófonos en la alta atmósfera. Los restos hallados por Brazel y llevados posteriormente a Fort Worth se corresponden con el vuelo número 4 del citado proyecto. Según las descripciones aportadas por los testigos fiables, se trataba de fragmentos de material parecido al caucho, de color gris, humeantes y malolientes, entre otros restos, lo que lleva a pensar en los globos de neopreno de la Universidad neoyorkina.

Además, otros restos hallados en Roswell, como varillas de metal, láminas metálicas y papel con dibujos florales, son similares al material usado para los dispositivos reflectores de radar. Informes desclasificados por la Fuerza Aérea norteamericana en septiembre de 1994 y junio de 1997 confirmaron que los restos hallados en la localidad más popular de Nuevo México, alrededor de la cual surgió en la última década todo un mercado de productos platillistas y un museo, se debieron a la caída de uno de los vuelos del proyecto Mogul. Como es lógico, la Fuerza Aérea norteamericana no podía confesar en 1947, al inicio de la guerra fría, la auténtica naturaleza de los restos.

El matemático y escéptico Dave Thomas tuvo la oportunidad de conversar con Charles B. Moore, profesor emérito de Física de la NY University que participó en el diseño de los globos que debían mantener en la atmósfera los micrófonos del proyecto Mogul, aunque éste tenía un carácter tan secreto y se hallaba por este motivo tan compartimentalizado que ni siquiera supo hasta los años 90 su nombre. Moore afirmó, en el curso de sus declaraciones sobre su participación en este proyecto, que la descripción de los restos por parte de la familia Brazel -las varillas metálicas, el papel pintado, los motivos florales, la goma quemada y maloliente, los anillos de aluminio de unos 10 centímetros de diámetro y el recipiente de color negro- coincide con los globos en cuyo diseño y fabricación participó.

En 1987 el caso Roswell experimentó un nuevo empujón al divulgarse unos supuestos documentos secretos de 1947 en los que se hacía referencia a la creación de una comisión de doce científicos y militares, bajo orden directa del presidente norteamericano Harry S. Truman: el objetivo de este grupo, conocido como Majestic-12, habría sido investigar el accidente de la nave alienígena y la tecnología con que estaba construida.

Fue sencillo para el escéptico Philip Klass (http://www.csicop.org/klassfiles/Home.html) poner de manifiesto las peculiaridades de los informes del pretendido proyecto secreto: incoherencias tipográficas, estilo inverosímil del presidente Truman en los fragmentos de su autoría, ausencia de numeración oficial y de filigrana, etc.

Como suele ocurrir en todas las historias basadas en el rumor con cierta proyección social, las versiones han proliferado: las dimensiones del “objeto estrellado” y de los “cadáveres alienígenas” recuperados varían de unas a otras, así como el número de éstos y el punto de impacto.

Lo paranormal y los pseudo-misterios del espacio gozan habitualmente de patente de corso en los medios de comunicación; si no, no se puede explicar el crédito otorgado a un burdo fraude -último capítulo de la fraudulenta historia de Roswell- que en el verano de 1995 difundieron medios de todo el mundo y desató un enorme revuelo en torno a su naturaleza.

La filmación en la que se podía observar la “autopsia” a un ser extraterrestre presuntamente accidentado en el incidente de 1947 había sido comprada por un productor inglés, Ray Santilli, a un cámara retirado de la Fuerza Aérea norteamericana, contratado en su momento para rodar las imágenes. Luego habría robado la película escondiéndola en su casa durante décadas, tontería que a muchos probablemente no les llevó a sospechar de todo este asunto.

Las imágenes del film son tan nebulosas como todos los productos salidos de la fábrica de ovnilandia: medias verdades, gigantescas mentiras, nada de claridad, ruido ensordecedor y ni una sóla nuez, divisa de todos los investigadores de “enigmas” radiotelevisivos y de ocultistas “vibracionales” de todo a cien.

Las imágenes de la autopsia fueron contempladas por médicos especialistas en autopsias que aseguraron que el procedimiento seguido carece de rigor y profesionalidad. Además, el camarógrafo fue todo menos hábil, pues los primeros planos -que pondrían en evidencia aún más el fraude- son muy breves y desenfocados.

¿Quizá porque a escasos centímetros el látex canta demasiado? Asimismo, diversos técnicos en efectos especiales cinematográficos (Pinewood Studios, Londres; FX, Argentina) opinaron que es evidente que se trata de un fraude y de la imitación de un cuerpo humano: “están cuidados todos los detalles para que no se descubra que es un muñeco a ojos inexpertos”, confirmaron.

Como no podía ser menos, en España, el mismo año 1995, el novelista Javier Sierra publicó un libraco titulado Roswell: secreto de estado, compendio de falacias y de la retórica usual entre los escritores especializados en misterios de cosecha propia, todo ello convenientemente refutado con ironía en una excelente reseña de Luis R. González en Cuadernos de Ufología, nº 19-20 (www.anomalia.org).

Secretismos que rayan en lo ridículo, “testigos” no identificados, grandilocuencia de los autodenominados “investigadores del misterio”, descarado cinismo (que me perdonen los antiguos cínicos) por parte de los que han pretendido obtener rendimiento económico de toda esta infantil trama…

El misterio de Roswell no fueron los restos del globo, el inexistente comité presidido por Truman y las imágenes de la cutre-autopsia: el auténtico enigma es cómo pudo pasar un montón de “especulaciones, suposiciones, licencias periodísticas y falta de sentido crítico”, en palabras de Kal K. Korff, el mejor estudioso de le leyenda de Roswell (The Roswell UFO Crash: What They Don’t Want You to Know, Prometheus Books, 1997) por una historia verosímil.

Korff, tras más de una década de minuciosa revisión de todas las fuentes, propició – junto con Klass- el desmoronamiento de la historia del platillo de Roswell, destino natural de todos los enigmas y misterios.

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