Panfredo Habla:


Habiendo alcanzado yo, Filaleteo Filósofo Anónimo, los arcanos de la Medicina, de la Química y de la Física, he decidido componer este pequeño tratado en el año 1.645 de la redención del mundo y el trigésimo tercero de mi edad, a fin de pagar lo que debo a los hijos del arte y para tender la mano a aquellos que se han extraviado en el laberinto del error, para que los Adeptos me vean como su par y su hermano; en cuanto a aquellos que han sido seducidos por los vanos discursos de los Sofistas, reconozcan y sigan la luz, gracias a la cual regresarán sin peligro. Presagio, en verdad, que no pocos serán alumbrados por mis trabajos.
II

No son en modo alguno fábulas, sino experiencias reales que he visto, hecho y conocido: el adepto lo inferirá fácilmente leyendo estas páginas, por ello, escribiéndolas para el bien del prójimo, me basta con declarar que nadie ha hablado de este arte tan claramente como yo; ciertamente, mi pluma ha dudado a menudo en escribirlo todo, deseoso que estaba por esconder la verdad bajo la máscara de la envidia. Pero Dios, sólo él conoce los corazones, me obligaba y no he podido resistirle; sólo a él sea la gloria en los siglos. Por lo que concluyo que, indudablemente, muchos en esta última edad del mundo tendrán la dicha de poseer este secreto; pues he escrito lealmente, no dejando al estudioso principiante ninguna duda por satisfacer plenamente.
III
Y se ya que muchos, como yo, poseen este secreto, y estoy persuadido de que hay muchos otros más, con los que próximamente entraré, por así decirlo, en una familiar y cotidiana comunicación. Que la santa voluntad de Dios haga lo que le plazca, me reconozco indigno de operar estas cosas tan admirables: sin embargo adoro en ello a la santa voluntad de DIOS, a la que deben estar sometidas todas las criaturas, pues es en función de él solamente que las creó y las mantiene creadas.
I. DE LA NECESIDAD DEL MERCURIO DE LOS SABIOS PARA LA OBRA DEL ELIXIR

I
Quienquiera que desee poseer este Toisón de Oro, debe saber que nuestro polvo aurífico, al que llamamos nuestra piedra, es el Oro, sólo que digerido hasta el más alto grado de pureza y de fijación sutil a que pueda ser llevado, tanto por la naturaleza como por la sagacidad del arte. Convertido en esencia, este oro ya no es del vulgo, lo llamamos nuestro oro; es el grado supremo de perfección de la naturaleza y del arte. Podría, a este respecto, citar a todos los Filósofos, pero no tengo necesidad de testigos, pues yo mismo soy un Adepto y escribo con más claridad que ninguno hasta ahora. Que me crea aquél que quiera, que me desapruebe aquél que pueda, que se me censure incluso, si alguien lo desea: sólo se irá a parar a una profunda ignorancia. Los espíritus demasiado sutiles, declaro, sueñan quimeras, pero el diligente hallará la verdad siguiendo la vía simple de la naturaleza.
II
El oro es pues el único y verdadero principio a partir del cual puede producirse oro. Sin embargo, nuestro oro, que es necesario para nuestra obra, es de dos clases. Uno, fijo, llevado a la madurez, es el Latón rojo, cuyo corazón o centro es un fuego puro. Por ello su cuerpo se defiende en el fuego, en el que recibe su purificación, sin ceder nada a la violencia de aquél o sin sufrir por ello. Este oro, en nuestra obra, hace el papel de macho. Se le une nuestro oro blanco, más crudo (que es nuestro segundo oro, más crudo) en cierto modo como simiente femenina, con el que se una y en el que deposita su esperma. Se unen (coit) el uno con el otro en un lazo indisoluble en el que se forma nuestro Hermafrodita, que tiene el poder de ambos sexos. Así el oro corporal está muerto antes de ser unido a su novia, con la que el azufre coagulante, que en el oro es exterior (extraversum) se invierte. Entonces se esconde la grandeza (altitudo) y se manifiesta la profundidad. Así, el fijo se hace volátil por un tiempo a fin de poseer un estado más noble por su herencia, gracias al que obtendrá una fijeza muy poderosa.
III
Así pues, se ve que todo el secreto consiste en el Mercurio, del cual el Filósofo dice: “En el Mercurio se encuentra todo lo que buscan los Sabios”. Respecto a ello, Geber declara: “Alabado sea el Altísimo, que ha creado a nuestro Mercurio y que le ha dado una naturaleza que lo sobrepasa todo”. Ciertamente, en efecto, si éste no existiera, los Alquimistas no podrían glorificarse, Y la obra Alquímica sería vana. Está claro, por consiguiente, que este Mercurio no es el vulgar, sino el de los Sabios. Pues todo Mercurio vulgar es macho, osea corpóreo, especificado y muerto, mientras que el nuestro es espiritual, femenino, vivo y vivificante.
IV
Prestad pues atención a todo lo que diré del Mercurio, porque, según el Filósofo, “nuestro Mercurio es la sal de los Sabios, sin la que, quienquiera que deseara operar, sería como un arquero que disparase flechas sin cuerda”. Y sin embargo, no se le puede encontrar en ningún lugar sobre la tierra. No obstante, el hijo es formado por nosotros, no creándolo, sino extrayéndolo de las cosas que lo encierran, con la cooperación de la naturaleza, de un modo admirable, por un arte muy sagaz.
II. DE LOS PRINCIPIOS QUE COMPONEN AL MERCURIO DE LOS SABIOS
I
La intención de aquellos que se aplican en este arte es de purgar el Mercurio de diferentes maneras: unos los subliman añadiéndole sales y lo purgan de diversas impurezas, otros lo vivifican únicamente por si mismo y afirman, con la repetición de estas operaciones, haber fabricado el Mercurio de los Filósofos; pero se equivocan, pues no operan en la naturaleza, que sólo es mejorada en su naturaleza. Que sepan que nuestra agua compuesta de numerosas substancias, es sin embargo una cosa única, hecha de diversas substancias coaguladas a partir de una única esencia. Esto es lo que se requiere para la preparación de nuestra agua (en nuestra agua, en efecto, se encuentra nuestro dragón ígneo); en primer lugar, el fuego que se encuentra en todo; en segundo lugar el licor de la Saturnia vegetal; en tercer lugar el vínculo del Mercurio.
II
El fuego es de un azufre mineral, sin embargo no es propiamente mineral y menos aún metálico, está entre el mineral y el metal sin participar en ninguna de estas dos substancias. Caos o espíritu, en efecto, nuestro dragón ígneo que lo vence todo, es sin embargo penetrado por el olor de la Saturnia vegetal, y su sangre se coagula con el jugo de la Saturnia en un solo cuerpo admirable; y no es sin embargo un cuerpo, pues es totalmente volátil; ni un espíritu, porque en el fuego parece metal fundido. Es pues un caos que hace de madre al resto de los metales, pues sé extraer de él todas las cosas, incluso el sol y la luna, sin emplear el Elixir Transmutatorio, lo que puede ser atestiguado por aquél que como yo lo ha visto. Llamamos a este Caos nuestro arsénico, nuestro aire, nuestra luna, nuestro imán, nuestro acero, pero siempre bajo aspectos diferentes, porque nuestra materia pasa por varios estados antes de que del menstruo de nuestra meretriz sea extraída la Diadema Real.
III

Aprended pues quienes son los compañeros de Cadmo, cual es la serpiente que los devoró y cual es esta encina hueca donde Cadmo traspasó a esta serpiente. Sabed quienes son las palomas de Diana, que venció al león cautivándolo; este león verde que es realmente el dragón Babilonio que todo lo mata con su veneno. Sabed finalmente lo que es el Caduceo de Mercurio, con el que opera maravillas, y quienes son estas ninfas a las que instruye encantándolas, si queréis alcanzar el objeto de vuestros deseos.
III. DEL ACERO DE LOS SABIOS
I
Los sabios Magos han transmitido a sus sucesores numerosas enseñanzas a propósito de su Acero, y le atribuyeron un valor considerable. Por ello, entre los Alquimistas, han habido numerosas disputas para saber que tenía que entenderse por el nombre de Acero. Cada uno de ellos lo ha interpretado a su manera. El autor de la Nueva Luz ha escrito a cerca de él de una manera sencilla aunque oscura.
II
Yo, para no ocultar nada por envidia a los inquisidores de arte, lo describiré sinceramente. Nuestro Acero es la verdadera llave de nuestra obra, sin la cual no puede ser encendido el fuego de la lámpara por ningún artificio: en la mina del oro; el espíritu muy puro entre todos, es el fuego infernal, secreto, extremadamente volátil en su género, el milagro del mundo, el fundamento de las virtudes superiores en las inferiores, por lo cual el Todopoderoso lo ha señalado con este signo notable por el cual la natividad fue anunciada por Oriente (per Orientem annunciatur). Los Sabios lo vieron en Oriente y se quedaron estupefactos; y, sin retroceder, reconocieron que un rey Purísimo había nacido en el mundo.
III
Tú, cuando divises su estrella, síguela hasta su Cuna: allí verás a un bello niño. Separando las inmundicias, honra a este retoño Real, abre el tesoro, ofrécele dones de oro y, después de la muerte, te dará su carne y su sangre, medicina suprema para los tres reinos de la tierra.
IV. DEL IMÁN DE LOS SABIOS
I
Así como el Acero es atraído hacia el Imán, y que el Imán se vuelve espontáneamente hacia el Acero, así el Imán de los Sabios atrae a su Acero. Por ello, siendo el acero la mina del oro, del mismo modo, nuestro Imán es la verdadera mina de nuestro Acero.
II
Notifico, por otra parte, que nuestro Imán tiene un centro oculto, donde abunda la sal, que es un menstruo en la esfera de la luna, que renueva al Oro al calcinarlo. Este centro se vuelve espontáneamente hacia el Polo, en el que la virtud de Acero es exaltada por grados. En el Polo está el corazón de Mercurio, que es un verdadero fuego en el que reposa su Señor. Navegando por este gran mar, para alcanzar una y otra Indias, gobierna su curso por la presencia (per aspectum) de la estrella del norte, que te hará aparecer a nuestro Imán.
III

El Sabio se alegrará, pero el necio hará poco caso de ello y no se instruirá en la sabiduría aunque haya visto al polo central vuelto hacia el exterior (extraversum) y marcado con un signo notable del Todopoderoso. Son tan obstinados que aunque vieran estas maravillas, no abandonarían sus sofismas ni entrarían en el camino recto.
V. EL CAOS DE LOS SABIOS
I
Que el hijo de los Filósofos escuche a los Sabios que unánimemente concluyen que esta obra debe ser comparada a la creación del universo. Pues, en el principio, Dios creó el cielo y la tierra, y la tierra estaba desocupada y vacía y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios era llevado sobre la faz de las aguas, y dijo Dios: “Que sea la luz” y la luz fue.
II
Estas palabras serán suficientes para los hijos del arte. En efecto, es preciso que el cielo sea unido (conjungi) con la tierra encima del lecho nupcial (thronum amiticiae ac amoris). Así reinará con honor sobre la vida universal. La tierra es un cuerpo pesado, matriz de los minerales, a los que conserva secretamente en si misma, aunque llevando hacia la luz a los árboles y a los animales. El cielo es allí donde los grandes luminares, junto con los astros, ejecutan sus revoluciones y comunican a través de los aires sus fuerzas a los seres inferiores; pero en el principio todos los cuerpos confundidos formaban el caos.
III
He aquí que de manera clara os descubro santamente la verdad: en efecto, nuestro caos es como una tierra mineral, respecto a su coagulación, y es, no obstante, un aire volátil en el interior del cual se encuentra el Cielo de los Filósofos, en su centro que es verdaderamente astral, irradiando su esplendor (iubare) hasta la superficie de la tierra. Y, ¿Quién es el Mago lo suficientemente sabio como para inferir que ha nacido un nuevo Rey, más poderoso que todos los otros, que redimirá a sus hermanos de la impureza original, que debe morir y ser exaltado a fin de que dé su carne y su sangre para la vida del mundo?
IV
¡Oh dios lleno de bondad! ¡Qué admirables son tus obras! Han sido hechas por ti y es un milagro que aparece ante nuestros ojos. Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas maravillas a los sabios y a los prudentes para revelarlas a los niños pequeños.
VI. EL AIRE DE LOS SABIOS

I
La Extensión o el Firmamento son llamados Aire en las Sagradas Escrituras. Nuestro Caos es también llamado Aire, y en esto hay un notable secreto ya que, del mismo modo que el aire Firmamental es el separador de las aguas, el nuestro lo es igualmente.
Nuestra obra es pues, verdaderamente, un sistema armónico del mundo mayor. En efecto, las aguas que están debajo del firmamento nos son visibles a nosotros que vivimos encima de la tierra; pero las aguas superiores escapan a nuestra vista a causa de su alejamiento. Del mismo modo, en nuestro Microcosmos, hay aguas minerales salidas del centro que se manifiestan, pero aquellas que están encerradas en el interior, escapan a nuestra vista y, sin embargo, existen en realidad.
II
Son las aguas de las que habla el autor de la Nueva Luz: existen, pero no aparecen mientras no le place al Artista. Así, del mismo modo que el aire hace una separación entre las aguas, así nuestro aire impide la entrada de las aguas excentrales hasta aquellas que están en el centro. Pues si entraran allí y se mezclaran, quedarían unidas por una unión indisoluble.
III
Os diré, pues, que el azufre externo, vaporoso, se adhiere con tenacidad cuando está caliente a nuestro caos, que no puede resistir su tiranía aunque, puro, huye volando del fuego bajo la apariencia de un polvo seco. Si sabes regar esta tierra árida con un agua de su misma naturaleza, ensancharás sus poros y este ladrón externo será arrojado fuera junto con los operadores de la corrupción; el agua será purgada por la adición de un verdadero azufre, de sus leprosas inmundicias y del humor hidrópico superfluo y poseerás la fuente del Conde Trevisano, cuyas aguas están particularmente dedicadas a la Virgen Diana.
IV
Este ladrón está armado de una malignidad arsenial inútil a la que el joven alado aborrece y huye. Y aunque el agua central sea su novia, no osa, sin embargo, manifestar el amor tan ardiente que siente por ella a causa de las acechanzas del ladrón, cuyas astucias son casi inevitables. Que Diana te sea propicia aquí, ella que sabe domar a las fieras salvajes y cuyas Dos Palomas (que fueron encontradas volando sin alas en los bosques de la Ninfa Venus) templarán con sus plumas la malignidad del aire; porque el joven entra fácilmente a través de los poros, sacude inmediatamente las aguas polares superiores, que no han sido paralizadas (stupefactas) por los malos olores y suscita una nube sombría: agitarás las aguas hasta que aparezca la blancura de la luna, y de este modo las tinieblas, que estaban sobre la faz del abismo, serán disipadas por el espíritu que se mueve en las aguas.
V
Así, por orden de Dios, aparecerá la luz. Separa siete veces la luz de las tinieblas y esta creación Filosófica del Mercurio estará acabada; y el séptimo día será para ti el Sabbat de reposo; desde este momento hasta el final de la revolución del año, podrás esperar la generación del hijo del Sol sobrenatural, que vendrá al mundo cerca del final de los siglos, para liberar a sus hermanos de toda impureza.
VII. DE LA PRIMERA OPERACIÓN DE LA PREPARACIÓN DEL MERCURIO DE LOS FILÓSOFOS POR LAS ÁGUILAS VOLADORAS
I
Has de saber, hermano mío, que la preparación exacta de las Águilas de los Filósofos es el primer grado de la perfección, para cuyo conocimiento se requiere un temperamento apropiado. No creas que, en efecto, esta ciencia haya llegado a ninguno de nosotros por casualidad o por una imaginación fortuita, como lo cree estúpidamente el vulgo ignorante; alcanzar la verdad nos ha costado un trabajo largo y pesado, hemos pasado muchas noches sin dormir, muchos sudores y penas. Por eso tú, estudioso principiante, has de saber con certeza que, sin esfuerzo y sin trabajo, no llevarás a cabo nada ni podrás operar al principio. Aunque luego es la naturaleza quien hace sola el trabajo, sin que tengas que poner la mano, si no es para aplicar exteriormente, un fuego moderado.
II
Comprende pues, Hermano, lo que dicen los Sabios cuando escriben que deben conducir a sus Águilas a devorar al León; cuantas menos Águilas hay, más ruda es la batalla e igualmente tardía la victoria. Pero la operación se presta a ejecutarse perfectamente con un número de siete o nueve Águilas. El Mercurio Filosófico es el pájaro de Hermes, ora llamado Ansar, ora faisán, ora esto, ora lo otro.
III
Donde los Magos hablan sinceramente de sus Águilas, hablan en plural y cuentan entre tres y diez de ellas. No quieren sin embargo entender con ello que tenga que unirse a un peso dado de tierra tantas medidas como Águilas dicen, pero sus palabras deben interpretarse como hablando del peso interno o de la fuerza del fuego; o sea que hay que tomar agua tantas veces como Águilas cuentan y esta Aguación se hace por sublimación. Por consiguiente, una sublimación del Mercurio de los Filósofos corresponde a un Águila y la séptima sublimación exaltará a tu Mercurio hasta hacértelo muy conveniente para el Baño del Rey.
IV
Así, para desatar esta dificultad, lee con atención lo que sigue: Toma cuatro partes de nuestro Dragón ígneo que esconde en su vientre el Acero mágico y nueve partes de nuestro Imán; mézclalas con la ayuda del tórrido Vulcano, en forma de agua mineral donde flotará una espuma que debe ser apartada. Rechaza la cáscara y escoge el Núcleo, púrgalo tres veces por el fuego y la sal, lo que se hará fácilmente si Saturno ha reconocido su imagen en el espejo de Marte.
V
De ello nacerá el Camaleón, o sea nuestro Caos, donde están ocultos todos los secretos no en acto, sino en potencia. Este es el niño Hermafrodita, que ha sido envenenado desde la cuna por la mordedura del rabioso Perro de Jorasán, por lo cual una Hidrofobia perpetua o miedo al agua lo ha vuelto necio e insano. Aunque el agua es el elemento natural que está más cerca de él, le tiene horror y huye de ella. ¡Oh Destinos!
VI
Con todo eso, se encuentran en el bosque de Diana dos palomas que suavizan su rabia insensata (si son aplicadas con el arte de la Ninfa Venus). Entonces para impedir que vuelva a padecer esta hidrofobia, sumérgelo en las aguas donde perecerá. Entonces el Perro Negruzco Enrabiado, incapaz de soportar las aguas, subirá sofocado hasta la superficie; apártalo lejos, provocando su fuga mediante lluvia y golpes: así desaparecerán las tinieblas.
VII
Brillando la luna en su plenilunio, dale alas al Águila, que volará dejando muertas tras ella a las palomas de Diana que, si no son muertas en el primer encuentro, no sirven para nada. Reitera esto siete veces y, finalmente, hallarás el reposo no teniendo simplemente más que cocer, lo que es la tranquilidad más sosegada o un juego de niños y un trabajo de mujeres.
VIII. DEL TRABAJO Y DEL FASTIDIO DE LA PRIMERA OPERACIÓN
I
Algunos Químicos ignorantes se imaginan que toda nuestra obra, desde el principio hasta el final, no es más que pura recreación, donde sólo hay placer, y que las dificultades residen verdaderamente fuera de este trabajo; pues bien, que disfruten impunemente con su opinión. En la obra, que tan fácil estiman, gracias a sus ociosas operaciones, cosecharán frutos absolutamente vacíos. En cuanto a mí, sé que después de la bendición Divina y un buen principio, las primeras cosas no pueden obtenerse más que con trabajo, ingeniosidad y asiduidad.
II
Y ciertamente no hay trabajo tan fácil que pueda considerarse como un juego o una recreación y que conduzca al fin tan buscado. Al contrario, como dice Hermes ninguna inspiración ni trabajo deben ahorrarse. De otro modo lo que el Sabio ha predicho en parábolas se verificará: a saber, que los deseos del perezoso lo harán perecer. No es sorprendente que tanta gente que trabaja en la Alquimia sean reducidos a la pobreza, ya que huyen del trabajo aunque no temen el gasto.
III
Pero nosotros que conocemos ésto y que hemos trabajado, sabemos con certeza que ningún trabajo es más fastidioso que nuestra primera preparación. Por esto, Morien advierte seriamente al Rey Calid diciendo: muchos sabios se han lamentado del fastidio que causa esta operación. No quiero que se entienda ésto en sentido figurado, puesto que no considero las cosas tal como aparecen en el comienzo de la obra sobrenatural, sino tal como las encontramos desde el principio. Disponer con habilidad la materia, dice el Poeta, he aquí el trabajo, la obra. Y añade: Uno (Jasón), desde una cima conocida te muestra el Toisón de oro. El otro (Hércules) cuanto trabajo has de padecer para consumir esta impureza que está sobre la masa pesada y bruta.
Ésto es lo que ha hecho decir al célebre Autor del Secreto Hermético que el primer trabajo es un trabajo de Hércules.
IV
Se encuentran efectivamente en nuestros principios muchas superfluidades heterogéneas imposibles de reducir a la pureza (la conveniente para nuestra obra) y que hay que purgar hasta el fondo, lo que es imposible de hacer si se ignora la Teoría de nuestros Secretos, mediante la cual enseñamos a extraer la Diadema Real del menstruo de la meretriz. Una vez conocido este medio, se requiere aún un gran trabajo, tanto que, como dice el Filósofo, varios abandonaron la obra inacabada a causa de las terribles dificultades.
V
No creáis sin embargo que una mujer no pueda emprender esta obra, si la considera como un trabajo serio y no como un juego. Pero una vez preparado el Mercurio al que Bernardo Trevisano llama su fuente, se penetra al fin en el descanso que es mucho más deseable que todos los trabajos, según dice el Filósofo.
IX. DE LA VIRTUD DE NUESTRO MERCURIO SOBRE TODOS LOS METALES
I
Nuestro Mercurio es aquella serpiente que devoró a los compañeros de Cadmo, lo que no debe extrañarnos, pues había devorado anteriormente al mismo Cadmo que era más robusto que los otros. Sin embargo, al final, Cadmo la traspasará cuando gracias a la virtud de su azufre la haya coagulado.
II
Has de saber que nuestro Mercurio domina a todos los cuerpos Metálicos y puede resolverlos en su primera materia Mercurial separando sus azufres. Has de saber también que el Mercurio de una, dos o tres Águilas impera sobre Saturno, Júpiter y Venus. De tres a siete Águilas, impera sobre la Luna; finalmente, impera sobre el Sol de siete a diez Águilas.
III
Así os notifico que nuestro Mercurio está más próximo del primer ser de los metales que ningún otro Mercurio, por lo que penetra radicalmente en los Cuerpos Metálicos y manifiesta las profundidades escondidas de éstos.
X. DEL AZUFRE QUE SE ENCUENTRA EN EL MERCURIO FILOSÓFICO
I
Lo más admirable de todo es que en nuestro Mercurio se encuentra un azufre no sólo actual, sino también activo y verdadero que conserva sin embargo todas las proporciones y la forma del Mercurio. Es necesario que esta forma haya sido introducida en él por nuestra preparación: esta forma es un azufre Metálico y este azufre es un fuego que corrompe al sol compuesto o dispuesto.
II
Este fuego sulfuroso es la simiente espiritual que nuestra Virgen (permaneciendo no obstante inmaculada) recoge, pues la Virginidad puede soportar un amor espiritual sin ser corrompida, como la experiencia y el Autor del Secreto Hermético lo demuestran. Es gracias a este Azufre que nuestro Mercurio es Hermafrodita o sea que contiene al mismo tiempo, a partir del mismo grado visible de digestión, un principio activo y un principio pasivo. Si es unido al Sol, lo ablanda y lo disuelve por el calor templado que exige el compuesto; por el mismo fuego, se coagula a sí mismo produciendo por su coagulación al Sol y la Luna según el deseo del Artista.
III
Esto te parecerá quizás increíble, pero es cierto que el Mercurio Homogéneo, puro y limpio llenado con un azufre interno por nuestro artificio, se coagula a sí mismo por la acción de un calor exterior conveniente. Esta coagulación se hace en forma de una flor de leche que nada encima de ella como una tierra sutil sobre las aguas. Pero cuando se le une al Sol, no sólo no se coagula sino que el compuesto manifiesta todos los días un aspecto más blando hasta que, estando bien disueltos los cuerpos, los espíritus comienzan a coagularse tomando un color muy negro y un olor muy fétido. Así pues es evidente que este azufre espiritual de los Metales es verdaderamente el primer motor que hace dar vueltas a la rueda y girar al eje. Este Mercurio es verdaderamente un oro volátil, que no está suficientemente digerido, pero bastante puro, por ello, por una simple digestión, se transforma en Sol. Pero si se une a un sol ya perfecto, no se coagula; pero disuelve al oro corporal, con el que queda, después de la disolución, bajo la misma forma; sin embargo, la muerte debe preceder necesariamente a la unión perfecta para que, después de la muerte, sean unidos simplemente no en una perfección, sino en mil perfecciones.
XI. DE LA INVENCIÓN DEL MAGISTERIO PERFECTO
I
En otro tiempo, los Sabios penetraron en este arte sin el socorro de los libros, de la siguiente manera: fueron llevados a comprenderlo por la voluntad de Dios. No creo, en efecto, que ninguno lo haya poseído por una revelación inmediata, salvo tal vez Salomón, cuestión que prefiero no resolver. Pero aún cuando lo hubiera adquirido de esta manera, nada impide que lo haya obtenido por la búsqueda, ya que había pedido únicamente la Sabiduría, que Dios le dio para que con ella poseyera la riqueza y la paz. Nadie sano de espíritu podría negar que aquél que ha sondeado la naturaleza de las plantas y de los árboles, desde el Cedro de Líbano hasta el Hisopo y la Parietaria, no haya conocido paralelamente la naturaleza de los minerales, cuyo conocimiento no es menos agradable.
II
Pero volviendo a nuestro asunto, afirmo que es verosímil creer que los primeros Adeptos que se adueñaron de este Magisterio, entre los que coloco a Hermes, estando desprovistos de libros, no buscaron al principio la máxima perfección, sino que se contentaron simplemente con exaltar los metales imperfectos a la dignidad Real. Y como se dieron cuenta de que todos los cuerpos Metálicos tenían un origen Mercurial, y que el Mercurio era en cuanto al peso y a la Homogeneidad similar al más perfecto de los Metales, el Oro, se propusieron llevarlo a la madurez del Oro, pero no pudieron llevarlo a cabo con ningún fuego.
III
Por lo que consideraron que para tener éxito, el calor exterior del fuego tenía que ser acompañado por un fuego interior. Han buscado por consiguiente este calor en varias cosas. Primeramente extrajeron por destilación (extillarunt) aguas extremadamente ardientes de los minerales menores, con las que corroyeron el Mercurio, pero no pudieron por esta vía, cualquiera que fuese el artificio empleado, hacer que el Mercurio cambiara sus cualidades intrínsecas, ya que todas estas aguas Corrosivas no eran sino agentes exteriores, del mismo modo que el fuego, aunque de un modo diferente; y estos menstruos, como ellos los llamaron no permanecían con el cuerpo disuelto.
IV
Por esta firme razón rechazaron todas las sales, excepto una, que es el primer ser de todas las sales, que disuelve a todos los metales y de la misma manera coagula al Mercurio; pero esto no se hace más que por una vía violenta. Por lo cual un agente de esta clase se separa de nuevo de los cuerpos que ha disuelto, sin perder nada de su peso ni de sus cualidades. Por lo que los Sabios reconocieron al final que en el Mercurio había crudezas acuosas e impurezas terrosas que, profundamente incrustadas, impedían que fuera digerido, y que no podían ser eliminadas más que por la inversión de todo el compuesto. Aprendieron, digo, que si podían liberarlo de sus escorias, conseguirían volver fijo al Mercurio. En verdad, éste contiene en sí mismo un azufre fermentativo del que la más mínima porción (granum) sería suficiente para coagular todo el cuerpo mercurial, si se pudieran separar todas sus impurezas y crudezas. Por este motivo, intentaron varias purgaciones, pero en vano, puesto que esta operación requiere una mortificación y una regeneración para las que es necesario un agente interior.
V
Y finalmente aprendieron que el Mercurio había sido destinado para formar los metales en las entrañas de la tierra, para lo que conservaba un movimiento continuo tanto tiempo como el lugar y los otros caracteres exteriores permanecían bien dispuestos. Pero si se producía por casualidad algún transtorno, este joven inmaduro caía por su propio impulso, de tal modo que aparecía privado de movimiento y de vida, siendo verdaderamente imposible el regreso de la privación a la salud.
VI
Hay un azufre pasivo en el Mercurio que tendría que ser activo; hay que introducirle, por lo tanto, otra vida, de su misma naturaleza, que suscite la vida latente del Mercurio. De este modo la vida recibe a la vida; entonces, finalmente, (el Mercurio) es cambiado radicalmente y rechaza espontáneamente de su Centro a las impurezas y escorias, como ya lo escribimos suficientemente en los capítulos precedentes. Esta vida se encuentra solamente en el azufre metálico; los sabios lo buscaron en Venus y en substancias semejantes, aunque en vano.
VII
Finalmente, se interesaron en la estirpe de Saturno y probaron su acción sobre el oro. Y como tenía fuerza para desembarazar al oro maduro de sus impurezas, se dejaron llevar por el argumento de que, más o menos, tendría la misma acción sobre el Mercurio. Pero comprobaron experimentalmente que retenía sus mismas escorias y se acordaron del Proverbio que dice: Sé puro, tú que quieres purificar a los demás. Comprendieron que era imposible, a pesar de sus esfuerzos, purgarlo enteramente, ya que en su azufre no había nada metálico, aunque en él abundaba la sal más pura de la naturaleza.
VIII
Así pues, vieron que en el Mercurio había muy poco azufre y que éste era únicamente pasivo, por lo que no encontraron azufre activo en esta descendencia de Saturno, sino sólo (azufre) en potencia. Por lo que la unieron a un azufre arsenical ardiente, sin el que se vuelve loca y no puede subsistir en forma coagulada, y es tan estúpida que prefiere convivir con este enemigo que la tiene fuertemente encarcelada, cometiendo libertinaje, antes que renunciar a él y aparecer bajo una forma Mercurial.
IX
Por lo que, buscando más lejos este azufre activo, los Magos lo pidieron y lo encontraron encerrado en lo más interior de la casa del carnero. El hijo de Saturno lo ha acogido con avidez, siendo purísima, muy tierna y muy próxima al primer ser de los metales su materia metálica, completamente privada de azufre activo pero capacitada para recibir azufre. Por lo que atrae hacia sí como un Imán, absorbiéndolo y escondiéndolo en su vientre. Y el Todopoderoso le imprime su sello real. Entonces, los Magos se alegraron, no sólo por haber encontrado el azufre, sino también por verlo totalmente preparado.
X
Finalmente, intentaron purgar el Mercurio con él, pero su trabajo fue inútil, ya que en este hijo de Saturno había una malignidad arsenical mezclada de azufre absorbida en él, y a pesar de ser muy poca respecto a la gran cantidad que el azufre posee en su naturaleza, impedía sin embargo la unión de este azufre con el Mercurio. Por ello intentaron templar esta malignidad del aire por las Palomas de Diana y les respondió el éxito. Mezclaron entonces la vida con la vida, humedecieron la seca mediante la líquida, animaron la pasiva por la activa y vivificaron la muerta por la viva. Así, el Cielo estuvo nublado por un tiempo pero, tras abundantes lluvias, ha recobrado la serenidad.
XI
De allí salió el Mercurio Hermafrodita. Lo pusieron sobre el fuego y en un tiempo de ningún modo largo, lo coagularon, encontrando en su coagulación al sol y a la luna.
XII
Finalmente, vueltos en si mismos, (estos Sabios) notaron que el Mercurio así purificado, no coagulado aún, no era todavía un metal, pero sí lo suficientemente volátil como para no dejar ningún depósito en el fondo del vaso durante su destilación. Por lo que los llamaron su sol inmaduro y su luna viva.
XIII
Consideraron del mismo modo que ya que era verdaderamente el primer ser del oro, sin embargo volátil, podía convertirse en el campo donde, una vez sembrado, el Sol aumentaría en virtud. Por lo tanto, colocaron allí al sol y, ante su estupor, lo que era fijo se volvió volátil, lo duro se ablandó y lo que estaba coagulado se disolvió para la sorpresa de la naturaleza misma.
XIV
Por lo que casaron a estos dos cuerpos, los encerraron en un vaso de vidrio y los colocaron sobre el fuego y dirigieron el resto de la obra durante un largo periodo, como lo exige la naturaleza. Así fue vivificado el muerto y murió el vivo, se pudrió el cuerpo y el espíritu resucitó con gloria y el alma fue exaltada en una Quintaesencia, medicina suprema para los animales, vegetales y minerales.
XII. DE LA MANERA DE REALIZAR EL PERFECTO MAGISTERIO EN GENERAL
I
Debemos dar a Dios eterna acción de gracias por habernos mostrado estos arcanos de la naturaleza que ha escondido a los ojos de la mayoría. Descubriré, pues, fiel y gratuitamente a los demás buscadores lo que me ha sido dado gratuitamente por este supremo dador. Has de saber, por consiguiente, que en nuestra operación no existe mayor secreto que la colaboración de las naturalezas, una sobre la otra, hasta que gracias a un cuerpo crudo se extraiga una virtud muy digerida de un cuerpo digerido.
II
Para ello se requiere:
Primero la provisión (comparatio), la preparación y la adaptación exacta de los ingredientes que entran en la obra.
Segundo, una buena disposición exterior.
Tercero, preparadas así las cosas, se requiere un buen régimen.
Cuarto, hay que conocer de antemano los colores que aparecen en el transcurso de la obra, para no proceder a ciegas.
Quinto, paciencia, para que la obra no sea llevada apresuradamente y con precipitación.
De lo que vamos a hablar en orden con una sinceridad fraternal.
XIII. DEL USO DE UN AZUFRE MADURO EN LA OBRA DEL ELIXIR
I
Ya hemos hablado de la necesidad del Mercurio y hemos transmitido, a propósito de él, numerosos secretos que antes de mí estaban sin conocer en el mundo, porque casi todos los libros de química están llenos de oscuros enigmas, de operaciones Sofísticas o incluso de montones de palabras escabrosas.
Verdaderamente, yo no he hecho lo mismo, sometiendo así mi voluntad al beneplácito divino, que en este último período del mundo me parece querer revelar estos tesoros. Por lo que no creo que el arte se envilezca y desaparezca. Esto no puede ocurrir, pues la verdadera sabiduría se guarda a sí misma en honra eternamente.
II
Finalmente, ojalá que el Oro y la Plata, estos grandes ídolos que el mundo entero ha adorado hasta ahora, fueran de tan poco valor como el estiércol ¡Entonces, nosotros, que somos duchos en este arte, no estaríamos obligados a escondernos!; nosotros, que nos creemos ya cargados de la misma maldición que Caín (¡llorando y suspirando!) casi parece que estemos apartados de la faz del Señor y…
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